Entre medicamentos y ovaladas

Carlos Sánchez es un entrenador de rugby de 52 años, más conocido como "Abuela". Sus primeros pasos los tuvo en Los Tarcos, la gloria como jugador en Natación y Gimnasia y un paso de dos años en Francia. De entrenador estuvo en la pre-intermedia en el club que lo vio nacer, y en el primer plantel de Lomas Marcos Paz. Actualmente, es entrenador rentado del equipo de sordos de Argentina, del seleccionado tucumano de desarrollo y de San Martín. Es farmacéutico, está casado y tiene un hijo. 




Su apodo surgió a la temprana edad de 6 años cuando por problemas en la visión le recetaron antejos, los famosos “culo de botella”, también había cambiado todos los dientes de leche delanteros a la vez. A sus amigos del barrio no se les ocurrió mejor idea que darle un bastón y apodarlo “Abuela”. Seudónimo que le quedó para siempre al flaco que con 1,70 metros donde se va se presenta así. Y cada vez que le consultan él afirma que su primer nombre es abuela y el segundo Carlos. 

Carlos tenía 16 años, era un adolescente al cual no le gustaba ningún deporte, nada le llamaba la atención. Practicaba todas las disciplinas que se le cruzaban. Básquet, fútbol, vóley, handball. Pero ninguna pelota le llamaba la atención. El problema no era la pelota sino la forma, pero eso cambió. En un partido entre el seleccionado tucumano y Francia, Abuela se enamoró de la ovalada sin saber que en el futuro esa pelota con forma de zeppelín le traería innumerables e inolvidables alegrías. 

No pasó mucho de ese partido tan especial que a los 16 años pasó de ser un espectador a formar parte de un equipo. Probó suerte en Los Tarcos pero la experiencia no fue del todo grata. Llevaba un año jugando en el club del ex aeropuerto cuando al final de un partido escuchó una charla entre sus compañeros en el vestuario y de ahí salió el mazazo, una frase venenosa: “Perdimos porque no tenemos medio scrum”. Esa oración cayó en él como una gigante piedra, sobre sus 67 kilos y su metro setenta, sabiendo que el encargado de ese puesto era él. Ese día sintió que el amor por esa extraña pelota se esfumaba. No le dieron ganas de seguir en el rugby. 

Siguió con su vida normal pero sin el deporte. Sus amigos decidieron llevarlo a Natación y Gimnasia donde tenía muchos amigos. Desde la puerta del club sus ojos celestes se volvieron a iluminar. Volvió a sentir cómo la pasión se adueñaba de su cuerpo y ahí entendió que estaba en el deporte indicado y que había encontrado el club que complementaba ese enamoramiento. 

Natación le hacía sentir que el pecho salía corriendo de su cuerpo. Su vida era el rugby y se apegó a él como bebe con su juguete favorito. 

No tardó en adaptarse a los entrenamientos, no faltaba a ninguno, recuerda con brillo en sus ojos aquellos principios. En su memoria guarda la bienvenida de los hermanos “beto” y “mosquito” Zelarayán quienes para ese momento, eran los dos medio scrums que tenía el plantel superior del club. A él lo conocían de su pasado en Los Tarcos y un día se acercaron. Mosquito le dijo con un tono serio “mi hermano y yo somos los únicos 9 del club así que ándate a la mierda”, en ese ínfimo instante sintió, otra vez, que el rugby no era lo suyo hasta ambos hermanos se rieron, le dieron un abrazo y le dijeron que era una joda que era recibido en el club. El alma le volvió al cuerpo, no podía perder de nuevo esa pasión. Inflando el pecho y tomando una bocanada de aire suspiró tranquilo y aliviado. 

Este par de hermanos fueron cruciales para “abuela” a la hora de aprender de rugby. Lo ayudaron de todas las maneras posibles para que pudiera mejorar. Se juntaban horas antes del entrenamiento a practicar pases, patadas, jugadas y estrategias del juego. Estas prácticas lo llevaron a convertirse en una pieza clave en la intermedia de Natación. 



Su pelo largo y su pequeño físico fueron ganando figura para el entrenador de primera y por desgracia y suerte, a causa de una lesión de los Zelarayán se convirtió en el medio scrum del equipo de primera donde graciosamente lo acusaban de hacer vudú. Solo 6 meses llevaba en este nuevo club, en este nuevo amor. La buena fortuna llegó cuando a los 23 años se fue a jugar a Francia al club Dax. Una experiencia inolvidable para el medio scrum donde aparte del rugby le tocó trabajar como despachador de equipaje. 

Su buena racha, e idas y vueltas alternando entre los dos equipos del plantel superior, no cesaron. A los 30 años, cuando la frustración se apoderaba de él a la hora de preparar el bolso para entrenar o ir a un partido, tomó la decisión de darle un respiro a los cortos y colgar los botines. 


Cuando tenía 7 años, Carlos perdió a su padre, asesinado en un asalto en la farmacia donde trabajaba. Con los ojos llenos de lágrimas sentado en el sillón de su casa, en Viamonte y Pasaje Monserrat, recuerda que nunca tuvo la posibilidad de abrazarlo ya que con el deceso él bloqueó parte de su infancia, esta pérdida la sintió tanto que solo tiene recuerdos de sus épocas en la secundaria. 


Estudiaba en la Escuela Normal donde se recibió de bachiller en científico y luego se convirtió en farmacéutico. Siempre fue apoyado por su madre en todas sus decisiones menos en las de jugar al rugby ya que consideraba al deporte muy brusco. Se escapaba para ir a jugar a los partidos. La madre terminó de convencerse de lo malo del deporte cuando su hijo en tres fines de semanas seguidos llegó con la clavícula rota, la nariz quebrada y la ceja con siete puntos. 

En su primer matrimonio, tuvo un hijo, se llama Lucas Tadeo y tiene 18 años. Actualmente, está casado con su amor de la adolescencia, a la que nunca tuvo valor para hablarle, Cecilia Moya. Uno, dos, tres, cuatro pasos dio luego de seguirla una cuadra cuando decidió darse media vuelta y volver a su casa resignado con miedo al fracaso. Desde aquel día, nunca pudo sacarla de su cabeza y de grande volvió a buscarla para conquistarla y proponerle matrimonio. En ese entonces, ella estaba casada. Pero hace doce años el destino volvió a juntarlos sin que lo notaran. Él encargado de la farmacia familiar, y ella, profesora de inglés a unas a escasas dos cuadras de distancia. Como reza una frase del Chavo del 8 “fue sin querer queriendo”. Ahí el amor entre ambos floreció. 30 años después de ver como se achicaba su figura con el avanzar de sus pasos. Abuela valora que en 12 años de relación nunca discutieron ni se asomó un intento de separación. Él le hizo sentir ese amor por el club, al llevarla a formar parte del equipo de hockey. Una historia de amor con principio y sin fecha de vencimiento. 



Con este amor le volvió a picar el bichito por el club y el deporte. Su físico ya no era el mismo y no estaba apto para recibir golpes, ni mucho menos correr durante 80 minutos dentro de una cancha. Hasta en el pelo se notaba el pasar de los años, esa flamante cabellera que tuvo en la juventud dejó de existir. La decisión fue fácil, jugar con los veteranos uno que otro fin de semana solo por diversión, y también entrenar a la pre-intermedia del club de sus amores. 

Una llama se encendió dentro de él al estar al mando de un grupo de jugadores. La pasión y la entrega por entrenar fueron creciendo día a día. Con el tiempo, las buenas noticias siguieron cayendo sobre su cabeza. En 2016 lo llamaron para formar un equipo con chicos hipoacúsicos, conocido como el Seleccionado Argentino de Sordos (RSA). Sin pensarlo dos veces aceptó la propuesta y presentó un proyecto de entrenamiento a cinco años. 




En el equipo hay chicos sordos profundos (sordos en totalidad), y algunos hipoacusia moderada. 

La comunicación fue su primera barrera, la cual no le costó saltar, ya que algunos cuentan con implante coclear y a través de ellos se comunica con los demás. También cuenta con un intérprete que le facilita las cosas y si estas dos opciones fallan saca su celular y le prende fuego al teclado dando indicaciones sobre jugadas en los entrenamientos y los partidos. 

Actualmente dejó el puesto de entrenador en Lomas Marcos Paz, que disputa el campeonato de pre-intermedia, para aceptar la propuesta que le llegó a principio de año para entrenar el equipo de primera de San Martín, que juega en la categoría desarrollo del rugby tucumano. Su idea para este emprendimiento es cambiarles la cabeza a los jugadores y poder acortar la brecha que existe con los equipos de primera división. 

Como si dos trabajos fueran poco, el seleccionado de desarrollo lo llamó para formar parte del cuerpo técnico. Aquí arrancó con el pie derecho al insertar al equipo en el torneo de las seis uniones. Viajaron a Uruguay donde la vuelta fue con una sonrisa, ya que él considera que jugaron bien y lo más importante fue que los jugadores salieron contentos con su desempeño. 

Para el futuro anhela transformarse en el entrenador del club Natación y Gimnasia que lo vio crecer, que lo acompañó año tras año y el que infinidad de alegrías le trajo. No descarta hacerse cargo de otro equipo de primera división pero sin nunca faltar a su palabra si se encuentra con proyectos en otro club. Pues “abuela”, como él siempre dice, fue y es un hombre de palabra.

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