"Siempre fui feliz en la simpleza"
Por Juan Manuel López
A 53 kilómetros de la capital tucumana, rodeada por cuatro ríos se encuentra la ciudad de Monteros, tierra que vio nacer al mismísimo Julio Argentino Roca y al propio Bernabé Aráoz entre otros. Esa misma tierra vio germinar y supo cuidar a quien quizás hoy por hoy, es uno de los personajes más queridos y reconocidos de toda la población, es fácil distinguirlo en esa metrópolis de más de 23.000 habitantes, como alguien que sabe y tiene definido lo que quiere.
A 53 kilómetros de la capital tucumana, rodeada por cuatro ríos se encuentra la ciudad de Monteros, tierra que vio nacer al mismísimo Julio Argentino Roca y al propio Bernabé Aráoz entre otros. Esa misma tierra vio germinar y supo cuidar a quien quizás hoy por hoy, es uno de los personajes más queridos y reconocidos de toda la población, es fácil distinguirlo en esa metrópolis de más de 23.000 habitantes, como alguien que sabe y tiene definido lo que quiere.
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Lucas Matías Frontini, él “flaco” u hoy en día, él “jefe” como algunos lo llaman, camina por la vida y por las calles de su amada ciudad con la convicción y la seguridad de una vida a la cual la vive y vivió sin ningún tipo de arrepentimiento, casi un slogan en él, cualquiera que lo conozca sabe que eso es un sello distintivo en su personalidad, vivir sin arrepentimientos.
Nacido un 12 de febrero del año 1998, este flaco hoy no tan flaco, de 1.98 de altura, es imponente a lo lejos, pero solo hasta que acerca su humanidad y demuestra esa sonrisa en su rostro, esa sonrisa, que hoy luce frenillos a la espera de corregir y mejorar su aspecto, con su tez un tanto morena pero no en exceso, que combina con el negro oscuro de su color natural de pelo, hoy diferente en su zona superior, que tiene un color amarillo algo platinado que ayuda a que resalte y se diferencie de los que tiene cerca.
Llega a la plaza principal de la urbe, caminando bajo la atenta mirada de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, con las manos en los bolsillos de su campera azul prendida hasta la altura del pecho, y un short color naranja plagado de sponsors. Un café es lo que necesita al momento de hablar, quizás un poco para despertarse, es entendible, son casi las seis y media de la tarde de un fin de semana, tranquilamente pudo estar durmiendo la siesta, y es lo más posible pues tenía los ojos pequeños y el pelo un tanto mojado, como quien se lavó la cara para despabilarse tras un pequeño descanso de tres horas.
Llega a la plaza principal de la urbe, caminando bajo la atenta mirada de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, con las manos en los bolsillos de su campera azul prendida hasta la altura del pecho, y un short color naranja plagado de sponsors. Un café es lo que necesita al momento de hablar, quizás un poco para despertarse, es entendible, son casi las seis y media de la tarde de un fin de semana, tranquilamente pudo estar durmiendo la siesta, y es lo más posible pues tenía los ojos pequeños y el pelo un tanto mojado, como quien se lavó la cara para despabilarse tras un pequeño descanso de tres horas.
La galería del bar “La Recova” es la elegida para sentarnos a dialogar, en esos cortos casi 200 metros hasta el establecimiento, ya ha contestado una llamada telefónica, saludó a un conocido que estaba sentado en uno de los bancos de la plaza y recibió el bocinazo de una kangoo roja, en la que un sujeto sacó la mano y la elevó para saludarlo, contestó al saludo con un nombre, el cual en este momento se me hace muy difícil recordar y me reprocho por no anotar ese detalle, será quizás porque en mi cabeza estaba centrado en contarle más o menos cuales iban a ser los paso de mí entrevista, e internamente me descolocaba el notar que desde que arranqué no me estaba prestando mucha atención, lo cual me hacía imaginar lo tedioso y duro que iba a ser mi tiempo sentado en ese café.
Una pequeña mesa cuadrada limpia a la derecha, el mismo modelo de mueble estaba a la izquierda, solo que sucio, pues alguien había ocupado ese lugar y todavía no lo habían limpiado, ¿pues en cual nos sentamos?, Sí, en la izquierda. Tras revisar por última vez el celular dio la orden, “bueno, arranquemos”.
No es de mirar mucho a los ojos, bueno, al menos a mí, tiene la mirada muy fija en el frente, mirando la plaza, la que en este horario casi se encuentra vacía, ha de ser porque hasta hace un par de hora estuvo lloviendo y aún está todo mojado. Tras dar su nombre completo y fecha de nacimiento lo primero que aclara es que nació en Monteros, vivirá en Monteros y va a morir en Monteros, ahí si me miró y dio un pequeño y sutil golpecito a la pobre mesa, que sufrió un toque de mano abierta. Este individuo del cual les narro se me ha olvidado decirles quién es, más allá de que al principio esté su nombre, nunca mencioné que es, ni siquiera lo que hace, bien, es un jugador de vóley. Se desempeña como opuesto en Monteros Vóley Club, helo aquí parte de su historia.
Hijo de Lucas y Karina, es el más grande de 5 hermanos, le siguen: Facundo, Julián, Lucia y Guillermina. Su papá un profesor de ciencias jurídicas y contables jugó al vóley hasta los 22 años, justo cuando él nació. La inclinación por este deporte le surgió desde muy pequeño, quizás incentivada directa o indirectamente por su padre, pero él no lo ve así, pudo ser por el hecho de que vivía a la vuelta del club Social Monteros que tenía como emblema esta práctica deportiva y de a poco le fue interesando.
Pero su camino con el vóleibol iba a tener sus idas y venidas en un comienzo, desde los 7 hasta los 10 años jugó para Ñuñorco, un club de fútbol, pero como él lo cuenta, corría y se caía, él y la pelota en los pies no iban de la mano, eran como el agua y el aceite, no congeniaban. Sus amigos decían que lo que le gustaba era un deporte de mujer y que tenía que jugar a la pelota, casi que lo obligaban. Y… en pueblo chico, infierno grande dice el dicho; habían comenzado a correr ciertos comentarios, ninguno bueno, pero tenían la velocidad de una liebre para ir de una punta a la otra. Poco le importó, comenzó a jugar al vóley en el club Social Monteros, ahí se inició como jugador, arrancó los entrenamientos, conoció nuevos amigos y le quedaba súper cerca, pintaba bien.
Se volvió algo un tanto adictivo, y con una mueca de felicidad en la cara y la mirada puesta en la calle recuerda, recuerda esa infancia en que si no estaba entrenando estaba mirando un entrenamiento o robaba una pelota y se ponía a jugar solo. Como una paradoja de la vida, sus amigos, esos que tanto lo cuestionaban comenzaron a jugar al vóley gracias a él, lo siguieron y se lanzaron a practicarlo también, y por suerte cambiaron ese pensamiento de que solo era un deporte de mujer.
Ese club se convirtió en su segunda casa, y a veces pasaba más tiempo ahí que en otro lado, pero nunca se privó ni lo privaron de dejarlo vivir y que pueda atesorar lindos recuerdos de esa etapa de su vida. Atesorados en el fondo de su ser tiene una anécdota que sale a las risotadas y que le cambia el temple de su rostro, denotando que en ese momento, que en ese tiempo y que en ese lugar fue feliz. La pesca es un clásico para los lugareños monterizos, no es para menos, están rodeados de ríos, y él recuerda cuando una vez fueron a pescar con su papá, uno de sus mejores amigos y el padre de ese amigo. Junto a su incondicional, robaban los pescados que otros dejaban en una sarta a las orillas del río, y ellos volvían con el pecho inflado cual ave fragata regodeándose de que ellos los habían atrapado, para la “rabia” de sus padres.
Cuando solo tenían el vóley, jugar a las bolillas, o armar un karting con rulemanes y jugar con eso, alguna de las tres cosas tenías que hacer por aquel momento para no aburrirte: “yo hacía las tres y era feliz”. O alguna de las tantas veces que se rateaba del colegio para escaparse a la plaza o a los video juegos, aunque su padre no tardaba en encontrarlo y llevarlo de nuevo a clases, pues en Monteros no había muchos lugares para esconderse por aquel entonces, cuenta mientras le agrega y revuelve ese sobre de edulcorante que le puso a ese pequeño y cilindrado pocillo de café.
Entre sorbo y sorbo de ese brebaje oscuro como el carbón, divaga entre una y otra etapa de su vida, pues a sus treinta años ha tenido una vida bastante interesante. Al menos para mí. En la adolescencia una etapa de muchos cambios y toma de decisiones para la mayoría, él tenía ciertas cosas definidas y el paso del tiempo y las situaciones que fue viviendo ayudaron a que tome ciertas determinaciones que fijaron su camino. “Siempre tuve el apoyo de mis viejos en todo” eso para él fue fundamental porque pudo darse cuenta de lo que hacía bien y lo que hacía mal, solo, y eso lo hizo madurar.
Era bastante joven, cuando hace poco tiempo atrás había estado jugando intercolegiales de vóley, y de repente le llegaría una oportunidad única a su vida, pero antes tenían que pasar ciertas cosas y atravesar ciertas etapas. Le llegó algo que para él fue repentino y sorpresivo y hoy en día lo cuenta con liviandad, tomando café en su ciudad natal de piernas cruzadas y saludando a sus amigotes que ya en dos oportunidades nos han cortado la charla. En el 2006 y 2007 jugó en Santiago del Estero, participaba de una liga A2 y recibía un apercibimiento de 150 pesos, destacando lo que eran en ese momento 150 pesos. Vivían en una pensión tres chicos de 19 años, todos compañeros de equipo, grupito joven, dando los primeros aletazos fuera del nido, y por lo que cuenta, un poco les costaba, ya que de siete días que tenía la semana, en siete oportunidades comían guiso, que era lo único que sabían hacer. No la venía teniendo fácil en ese momento jugaba de central, no era y no es su posición natural, “enganché dos o tres partidos de opuesto y justo en uno de esos me vio el asistente técnico de la selección”.
¿Creen en las casualidades? Porque yo sí, y Frontini también, y cómo no creer, si Luis Testa era de Mendoza y anda a saber por qué ese día estaba en Santiago del Estero. “Me pidió los datos del mail y me dijo que esperara que iba a buscar que me den una oportunidad en la selección”. Volvió a Monteros y cada vez jugaba menos, y se la pasaba más esperando a que se desocupara una de esas aparatosas PC, con esos gordos y cuadrados monitores blancos, esperando y esperando que llegara ese mail, esa oportunidad. Nunca dejó de creer siempre supo que en algún momento le llegaría. Y llegó.
Se fue a Buenos aires con su bolsito lleno de sueños debajo del brazo, estuvo de seis a siete meses en una etapa de preselección junto a otros treinta jugadores, pasaron a ser veinte, luego 15 durante mucho tiempo, y finalmente quedó entre los 12 seleccionados que eran los de lista definitiva para viajar al mundial juvenil.
El hecho de representar a tu selección, a tu país, a tu provincia, a tu ciudad, a tu familia y amigos es emocionante, ya sea en un mundial juvenil, con la mayor o lo que fuere, y a Lucas le pone la piel de gallina, él mismo lo confiesa que aún con el paso de los años la sensación sigue siendo la misma. Todavía sostiene que lo suyo fue un caso muy repentino y sorpresivo, nunca se había dado que un jugador con 18 años y que esté jugando en Tucumán llegue a la selección sin por lo menos haber jugado una A1. “Todavía recuerdo la lista y había chicos que venían de jugar de Italia y de los mejores clubes de la A1, yo figuraba como Social Monteros de la Federación Tucumana de Vóley”.
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| LUCAS FRONTINI ( NÚMERO 11) EN LA SELECCIÓN NACIONAL. |
Nunca se rindió siempre quiso ser jugador de selección o de A1, y aprendió lo que es la vida de un profesional, sus exigencias, lo que conlleva estar en forma y poder competir, eso hizo que cambie mucho su forma de pensar. Ese mismo ímpetu con el que trabajó siempre lo llevó hasta la selección mayor, donde tuvo la posibilidad de pelearle el puesto a Marcos Milinkovic, pero a su vez esa misma situación tan linda que atravesaba le puso los pies sobre la tierra, bajandolo de arriba como con un hondazo. “Me di cuenta lo lejos que estaba de ser un deportista de élite, pero siempre luché por un lugar”. Pero a pesar de todo lo que pueda haberle sucedido o pasado en ese momento, guarda los mejores recuerdos, como por ejemplo todos los lugares del mundo que conoció en esas giras: Brasil, Francia, Túnez, Marruecos, Chile y Egipto se sumaron al pasaporte del flaco.
Pegó la vuelta a Tucumán y siempre había sentido ese miedo de que, si no podía vivir del vóley, el día de mañana no sería nadie en la vida, entonces tomó la decisión de estudiar, y relegó el deporte por un tiempo, aunque jugaba los torneos de las inter facultades y confiesa muy seriamente que tenían un gran nivel. Además, jugaba una liga de 2 semanas en Bolivia que era a fines de diciembre, llegó ahí gracias a un amigo salteño que lo invitó, ganaba dinero, no de una forma tan exorbitante, pero le ayudaba para que pueda seguir estudiando. Logró ponerle fin con éxito a su carrera universitaria y decidió volver a volcarse de lleno al vóley, siempre estando consciente de la edad que tenía.
“Llegué a Monteros vóley porque sabía que era un club que trabajaba en serio, la dirigencia era muy buena y había gran apoyo económico”. Destaca que en la vida hay que hacer las cosas por convicción y no por obligación, mientras paga la cuenta y me invita a caminar por la plaza, que está rodeada de bancos muy antiguos de cemento y llena por doquier de canteros armados de una manera muy rústica y casera que le dan un toque especial y pintoresco a la misma.
Mientras lleva la mirada puesta en el piso y manos en los bolsillos cuidándolas como se cuida al tesoro más preciado y esos bolsillos que las conservan calientes toman el rol de guardianes para las mismas. Pateando hojas y palitos me contó cómo tomó la gente de Social su partida, algunos bien y otros no tanto, pero dice que eso le sirvió para darse cuenta de las personas que siempre están en todo momento y las que solo están en las buenas, me relató cómo en los primeros partidos vistiendo la camiseta naranja su padre tuvo que ver cómo lo insultaban, le tiraban cosas y lo escupían cual criminal del siglo medio, pero eso nunca lo afectó, ni a él ni a su familia a la cual les prohibió desde siempre que fueran a la cancha cuando él jugaba, en caso de que fueran le decía al técnico que lo sacara.
Él entiende que fue un ciclo cumplido y que al seguir en el club que lo vio nacer le quitaba la oportunidad a los jóvenes que venían por detrás de él, y que tenían un buen nivel. Pero dice algo que me quedó muy presente. “Yo no quiero ser ejemplo de nadie, y no me arrepiento de nada de lo que hice”. Con mucha firmeza y convicción lo dice mientras me despide con un fuerte apretón de manos, ya que tiene que irse, pues esa noche tenía que jugar un partido, obviamente me invitó a la cancha, donde pude ver y apreciar personalmente el trato que las personas de Monteros tienen para con él, y que, aunque él lo niegue y diga que no, se ha convertido en un referente con el paso de los años, ya sea por su experiencia o su forma de manejarse, o quien te dice, por la calidad humana que tiene y por el trato de igual a igual con todo el mundo.
Tras varias charlas y encuentros pude conocer al Lucas que me hablaba como Lucas, no a ese que me hablaba como jugador o que me tomaba como un simple desconocido que trabaja opinando de otra gente, ya con alguna tuteada e insultillo de por medio se tornó todo más amistoso y práctico para mí. Muy distinto a las sensaciones que tenía antes de arrancar con la primera entrevista en ese bar.
Me contó de sus gustos musicales, como lo es el rock de los 80 y los 90, que además le gusta la cumbia santafesina y la santiagueña, que le agrada sentarse horas en un bar con sus amigos a tomar café y a cagarse de risa, como me lo dijo textualmente.
En una oportunidad le ofrecieron jugar de armador, algo que para él fue de lo más loco que le propusieron, junto a esa vez que le invitaron drogas.
El peor momento de su vida sin dudas fue cuando estuvo al borde de la muerte, a la salida de un casamiento en una confusión le pegaron a él con una jarra de vidrio por error y tuvieron que operarle la cabeza en dos oportunidades. Convive con los dolores diariamente y que tras ese hecho lo mejor que le pasa en la vida lo vive día a día cuando se despierta y da gracias a Dios por estar vivo.
En una oportunidad le ofrecieron jugar de armador, algo que para él fue de lo más loco que le propusieron, junto a esa vez que le invitaron drogas.
El peor momento de su vida sin dudas fue cuando estuvo al borde de la muerte, a la salida de un casamiento en una confusión le pegaron a él con una jarra de vidrio por error y tuvieron que operarle la cabeza en dos oportunidades. Convive con los dolores diariamente y que tras ese hecho lo mejor que le pasa en la vida lo vive día a día cuando se despierta y da gracias a Dios por estar vivo.
Según él, su altura lo alejaba de las mujeres, quizás por miedo, o tan solo lo dirá por el hecho de que hoy en día está en pareja con una jugadora de vóley.
Es un amante de las pizzas de su vieja y de las milanesas napolitanas, que también pueden ser las del bar “almendra” de Monteros. No aspira a ser técnico porque una vez intentó y le fue pésimo. Se está preparando de la mejor manera, para el día de mañana poder incursionar en la política ya que dice que una persona hace política todo el tiempo incluso en su vida diaria todo está relacionado a la política de una forma u otra.
No mira hacia otro lado cuando sabe que el final de su carrera podría estar muy cerca, eso que siempre lo hizo tan feliz. Y otra vez me dejó una frase que me retumbó bastante como las otras que mencioné antes, pero esta me movilizó 100 veces más. “Siempre fui feliz en la simpleza, una pelota de vóley era y es suficiente para mí”. En ese momento pasó como si nada, y el viento las recogió de su boca y se las llevó, pero no se las pudo llevar de mi grabadora, y al escucharla la primera vez, tuve la necesidad de escuchar ese pequeño fragmento otra vez, pero no porque tenga algo en especial, ni tampoco sea de otro mundo, sino porque logró una reflexión muy interna en quien escribe esto y no quizás en el que lo está leyendo.
Es un amante de las pizzas de su vieja y de las milanesas napolitanas, que también pueden ser las del bar “almendra” de Monteros. No aspira a ser técnico porque una vez intentó y le fue pésimo. Se está preparando de la mejor manera, para el día de mañana poder incursionar en la política ya que dice que una persona hace política todo el tiempo incluso en su vida diaria todo está relacionado a la política de una forma u otra.
No mira hacia otro lado cuando sabe que el final de su carrera podría estar muy cerca, eso que siempre lo hizo tan feliz. Y otra vez me dejó una frase que me retumbó bastante como las otras que mencioné antes, pero esta me movilizó 100 veces más. “Siempre fui feliz en la simpleza, una pelota de vóley era y es suficiente para mí”. En ese momento pasó como si nada, y el viento las recogió de su boca y se las llevó, pero no se las pudo llevar de mi grabadora, y al escucharla la primera vez, tuve la necesidad de escuchar ese pequeño fragmento otra vez, pero no porque tenga algo en especial, ni tampoco sea de otro mundo, sino porque logró una reflexión muy interna en quien escribe esto y no quizás en el que lo está leyendo.
Cuando le pregunté lo último que quería saber quedó un tanto pensativo, y respondió muy pausadamente como pensando con tranquilidad lo que iba a decir. “Soy frio, a veces raro, pero buen amigo y fiel, me gusta escuchar a los que quizás por ahí tienen un problema y trato de darles una mano, quizás la personalidad no me ayude, porque el que no me conoce capaz dice cosas no tan buenas, hasta que cuando logra conocerme no piensa lo mismo”.
¿Qué podría decir yo de Lucas Matías Frontini con lo poco que quizás lo he conocido?
Que yo para describirlo citaría tres declaraciones de las muchísimas que me dejó y que voy a dejar guardadas en mi cuaderno para algún otro momento. Lucas Matías Frontini es un tipo que: vivió su vida como quiso, no se arrepintió de lo que hizo y que siempre fue feliz en la simpleza.




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