Los Soñadores de la Vida: básquet, amor y convivencia


La intención de dos amigos de trascender a través de la solidaridad y el beneficio del otro: la historia de un grupo de jóvenes con diversas discapacidades que encontraron su lugar en el mundo gracias al deporte de la naranja.


El club Huracán BB le abrió las puertas a la inclusión.





Lo más importante no son los campeonatos. Lo más importante son las historias, las experiencias, los amigos, el aprendizaje de los buenos y de los malos momentos.

No hay frase que le quepa mejor a este grupo de grandes amigos formados en mayo de 2019 bajo el nombre de Los Soñadores de la Vida para pasar un día a la semana jugando al básquet. Pudo haber surgido de Juan Pablo, su entrenador; de Oscar, uno de los tres mentores del proyecto; de Lucas o de Luis, los fieles seguidores que captaron enseguida el mensaje, o simplemente de uno de los protagonistas de esta historia.

Fue Manu Ginóbili, el mejor jugador de la historia del básquet argentino, el autor de las líneas que simbolizan el motor de un equipo que, los miércoles a las 14 en las instalaciones de Huracán BB, no conoce de temores, no sabe de fantasmas, encuentra su refugio con sentido lúdico y una coyuntura sentimental, y que se llena de abrazos para tener ese cariño que la vida les postergó hasta ahora.


Tal vez el Pollo Flores, sumido en lo más profundo del básquet de la provincia, no adquirió ese sentido de pertenencia con Los Soñadores a partir de los dichos del campeón olímpico con la Selección en Atenas 2004. Quizás el Gula Nieva ignoró desde un primer momento que Manu haya dicho esta frase por no reconocerse como un seguidor innato del deporte de la ‘naranja’. Pero sin saberlo, con esos principios, ambos le extendieron sus manos a un grupo de chicos necesitados del amor que merecen para dejar de obtener la espalda de una sociedad que prejuzga a personas con síndrome de down, alguna patología, problemas motrices, sociales, autismo y síntomas de diversas índoles.


Ese súper abrazo es el que predomina en el paisaje cada vez que atraviesan el portón rojo que da el paso a uno de los clubes míticos de la capital tucumana, el que los hermanos Walter y Dani Gómez se dan con Rodrigo y el Turco, con el que Agustín, Juan Pablo o Mariano hacen inundar de emociones al Pollo, antes de que este agarre el silbato que se colgó en el cuello para cortar momentáneamente con los cariños abundantes y guiar el entrenamiento y los movimientos de una quincena de chicos que tan sólo unos meses atrás no se agachaban ni para atarse las trenzas de las zapatillas.

En este grupo, lo importante es la comunión, son las historias que regalan semana a semana, las experiencias que dejan atrás para sumar otras mucho mejores, los grandes amigos que ganaron y esperan sumar, el aprendizaje de los buenos momentos y entender que los malos no son impedimento para llevar adelante una vida plena de felicidad.

***

-A las 13 en punto salimos porque tengo que pasar por mi casa.

Es un miércoles de diciembre y me interno en el galpón discretamente iluminado con una tonalidad natural amarilla propia del sol radiante que agobia a Tucumán. Estanterías que superan fácilmente los dos metros de alto, escaleras, carros y maquinarias que completan el panorama en un ámbito laboral estable. Oscar el Gula Nieva apura la marcha, con su no más de 1,65 y sus cuatro décadas recién cumplidas, desde la fábrica de autopartes en la que trabaja. Quiere inculcarle la puntualidad tanto a Rodrigo como al Turco, sus compañeros de trabajo, que buscan sus mochilas, se despojan de sus cascos de seguridad amarillos y se van entusiasmados a los vestidores de las instalaciones de la autopartista de la concurrida esquina de Ejército del Norte y Belgrano.

Después de una mañana de mitad de semana en la que Rodrigo Villagra terminó de acomodar la mercadería y repartir los pedidos de los compradores, y en la que Eduardo el Turquito Namur finalizó su habitual y destacada atención al cliente, comienzan esa transición que significa que llegó la hora de partir a Huracán BB, casi en la otra punta de San Miguel de Tucumán sobre la calle Francia al 39, para afrontar una de las últimas prácticas de básquet de un año que trajo a dicha actividad como una nueva experiencia. Es un trayecto de tres o cuatro paradas que los mantiene ilusionados, traviesos o discretos (según el caso) y con una impronta de amistad que derrochan sin diferenciar al amigo de toda la vida con el que conocen hace dos horas.

Es cuando Rodrigo y el Turco están por salir con la musculosa roja de poliéster con la que todos los días de entrenamiento celebran ir al encuentro de sus compañeros, cuando observo en la televisión ubicada sobre la cercanía del techo en una esquina de la recepción, en la parte de ventas de la fábrica mayorista, que el graph del noticiero del mediodía de Canal 9 de Buenos Aires me pega un chiflido y me hace un guiño por el enunciado que tiene allí escrito: Un grupo de “locos” para cambiar el mundo.

Casualidad o no (algunos se lo otorgan a eso que llaman el destino), de esa forma se anunció Oscar Nieva una agradable noche de octubre para explayarse y contar inicios y pormenores de la intención con la que lleva adelante el proyecto bautizado Soñadores de la Vida.

***


-Si tenés personas que están un poco loquitos como nosotros y tienen ganas, todo se puede.

Para formar a Los Soñadores, el primer paso, tan lejano como positivo en el balance interno, tuvo que darse con la inclusión laboral impulsada por José Pepe Ramón, el administrador del Grupo Autopartes, donde se tomó como un acierto que chicos con síndrome de Down o retraso madurativo como Rodrigo, el Turco, Alexis y Dolores les hayan cambiado para siempre el humor de las mañanas.

Cuatro años más tarde, el carisma del Gula Nieva, su capacidad de adaptar e incluir a sus pupilos laborales a su círculo íntimo y las amistades que adquirieron el rótulo de “hermano” para dirigirse uno a otro, llevaron un día a querer incorporar una actividad extralaboral para fortalecer ese vínculo.

A Oscar, el Turco y Rodrigo se les prendieron las lamparitas un día de abril de este año.

Cuando me dijeron que la película ‘Campeones’ fue el empujón que tuvieron para lanzar este proyecto, al observar, aunque sea, un tráiler del material realizado por el director español Javier Fesser, el deja vú fue inevitable: es que pensé que Los Soñadores habían llegado a la pantalla grande cuando identifiqué a ese grupo de chicos parados entre dos aros frente a su flamante entrenador (cuya llegada a ese lugar fue por el cumplimiento de una condena por manejar borracho, cuestión que nada tuvo que ver con el sentido social que le dio el Gula al lanzamiento de su idea).

A Rodrigo y el Turco (en realidad a nadie) le hacía falta ninguna otra prenda que las musculosas que la gente de Huracán BB les entregó para que ese sea el uniforme con el que entrenarían todos los miércoles del segundo semestre del año, es que los programas de radio alertaban las cercanías a los 40 grados de sensación térmica en el mediodía tucumano con el que subieron urgente al Chevrolet Agile blanco de Oscar para recibir como transeúnte en el desierto ese oasis que significaba la brisa del aire acondicionado del auto y la Coca bien fría con el sánguche de miga que tanto anhelaban.

***

-Bajá la ventanilla Turco y pedile al señor por favor que te cargue $1000 de nafta Premium.

-Bueno Oscar. Hola señor…

-Buen día hermano, cargame $1000 de nafta Premium, consumidor final por favor. No, no tengo tarjeta de puntos... ¿Qué pasó Turco? Te has trabado.

El almuerzo más que informal con la gaseosa y el sanguchito de abundante jamón y queso para los tres pisos de pura miga triangulares, cuyos restos tenían como destino inevitable el asiento o las alfombras del piso del auto de Oscar, estaba llegando a su final, y el comienzo del trayecto hasta Huracán atravesaba por la calma que antecede al dueño total de la escena en esas más de 50 cuadras que quedaban por delante: la verborragia de Rodrigo, completamente antagónica a la tranquilidad y paciencia con la que el Turco oficiaba de copiloto de Oscar.

Y estallaron la simpatía, la extroversión y las ocurrencias de Rodrigo, sentado en el asiento trasero izquierdo con un pelo castaño que forma un frondoso y prolijo flequillo que lleva con orgullo, y unos anteojos redondos que enmarcan sus achinados y melancólicos ojitos. Esas características en su personalidad lo llevaron a repasar lo que vendría en no más de 50 minutos al llegar a las instalaciones del Globo tucumano: el calor que les iba a hacer, lo malo que soy para jugar al básquet, el encuentro con sus otros ‘hermanos’ y el abrazo que le daría a Juan Pollo.

Juan Pollo es la abreviatura de Juan Pablo el Pollo Flores, el entrenador de la Primera, juveniles, infantiles… en fin, el dueño espiritual del básquet, las formativas y líder deportivo de Huracán BB. ¿Qué tiene que ver con el inicio de Los Soñadores? Juan Pablo y Oscar coincidieron, se criaron, dieron los primeros pasos, cumplieron sus primeras macanas de nenes, salieron por primera vez a la calle. Todo eso, y a través de los años, lo hicieron juntos en el barrio Vial (la primera parada del trayecto que debía recorrer la ‘cúpula autopartista’ antes de llegar al entrenamiento). Fue en el primero que pensó el Gula para plantar la semilla Soñadora y el visto bueno estaba dado por sentado. Así como mamaron del barrio los mismos valores, la amistad de las familias Nieva y Flores llevaron a los amigos a concretar con este nuevo equipo sentimientos de responsabilidad social y pensar en el otro antes inculcados paralelamente, y que tuvieron que postergar hasta este año para volver a fusionarse en el plano de la vida luego de dividir sus caminos profesionales. El desafío estaba planteado.

*** 


-Ah changos, ya tenemos el lugar para ir a despedir el año, va a ser el domingo 15 de diciembre, la gente de Casa Grande nos presta sus instalaciones de Mate de Luna con pileta incluida.

Casa Grande. El tercer gran eslabón de este sueño en construcción que pudo ser lanzado. Es el centro de servicios terapéuticos y Centro de Día de la capital tucumana donde (¿quién sino?) un amigo del Gula, el psicólogo Joaquín Castro, se desempeña. ¿Necesitás incorporar chicos? Lo planteamos, ¿necesitás personal especializado para que haga de apoyo? Te lo ofrecemos. Dicho y hecho. La quincena de flamantes basquetbolistas ya tenía su lugar y su comunidad. Su espacio en la sociedad, el orgullo de decir yo formo parte de un club donde voy a jugar al básquet con amigos, el punto de encuentro donde no hay razón para sufrir emocionalmente. Dos jóvenes con una vocación de servicio admirable fueron incorporados como psicomotricistas de Casa Grande, pero el rótulo que más les agrada en este ámbito es el de amigos incondicionales de Los Soñadores. Son Lucas Miró y Luis Gómez, quienes afirman que cumplen más horas de las que deberían fuera de su horario laboral en el centro terapéutico, pero se les iluminan los ojos cuando identifican el progreso de seis meses en los que sus protegidos lograron un bienestar emocional porque ya no son hechos a un lado porque tienen un lugar, otro lugar en la sociedad.

Todo viento en popa. “Clink”, caja para el germen soñador.

-Le dije al Pollo que necesitaba un espacio para tirar al aro y ver después qué se puede hacer y me dijo que sí, que cuente con eso. Después nos juntamos a charlar y le decía que no me quería abusar, me contestó que me daba una mano para entrenar a los chicos.

-Además, le consulté si podía sumar un par de chicos más y me mira y me dice que por supuesto. Le dije ‘listo’, que iba a hablar con Joaquín de Casa Grande… y yo ya había hablado. El pícaro de Oscar se acomoda en la silla para reírse de la riesgosa pero exitosa jugada.

***

Oscar nos hizo sufrir, sin ninguna intención, por el calor y con el tiempo necesario para freír un huevo en el pavimento por si alguno se había quedado con hambre. Fueron unos cinco minutos con la ventanilla baja del lado del bonachón del Turco en los que se pausó la hoja de ruta por la demora de su ahijado para salir a recibirle unas llaves. El Chevrolet estaba de nuevo en marcha. Y ese es mi pie para soltar la lengua, pareció decirse hacia sus adentros Rodrigo, que habla hasta por los codos de temas triviales, del tópico de la conversación con Oscar y hasta sufre algún reto por parte de su incondicional.

- ¿Qué te he dicho, Rodrigo? ¿Cuántos años tenés?

-24, le señala el regañado con esa potente y habitual erre aporteñada hacia su ‘hermano’.

- ¿Y cómo te tenés que portar a tu edad? Ya sos grande, no interrumpas cuando otros hablan, le remarca el Gula con un 90% de seriedad y un margen del 10% con el que da lugar a un remate jocoso.

La víctima del regaño, que va detrás del retador, se apoya resignado en el cabezal del asiento del conductor como si el mundo se le fuera en ello, como si un perrito fuera la víctima del reto de su dueño. Gula lo mira y le espeta el tono burlón con el que grita airoso un no me chamuyés Rodrigo, nosotros nos conocemos hace años, pero los otros no, para darle paso a la sonrisa cómplice de un charlatán que tiene todas las mañas actorales y cierra con un beso en la cabeza de su interlocutor en señal de disculpas y como anticipo de lo que una jornada llena de abrazos y besos le espera allá en Francia al 39. Perdóname, perdóname, perdóname.

Al entrañable Rodrigo Ángel Villagra sólo le faltó sumarle el básquet a una agenda que lo mantiene bastante tiempo ocupado en lo laboral con sus 24 años de edad. Esas ocurrencias y cariño cotidiano fueron forjados bajo el manto de Liliana, su mamá, y un círculo que lo rodeó para que no le falte nada. La llegada de Los Soñadores le facilitó aptitudes físicas luego de pasar cuatro años bajo las órdenes del Gula Nieva y de Pepe Ramón en el autopartista. Pero no es el único ingreso del parlanchín: junto a Lili llevan adelante el emprendimiento de bombonería y elaboración de chocolates que mantienen desde hace tres años en su casa del barrio Marcos Paz, a pasos del tradicional shopping El Portal. Lo hacemos con amor, los vendemos a 10 pesos, lo dice el propio Rodrigo, con la seguridad del primer concepto, pero con la inseguridad a la hora de aportar el precio de su producto. ¿Otra ocurrencia? Se anima a mentir sobre lo mal que juega con naranja en mano y no saca pecho de la espectacular zurda que forjó de cara al aro.


La picardía de Rodrigo y la manera de expresarse lo llevan a exponerse a las cargadas de Oscar y hasta alguna aportada con complicidad por el Turco. Pero no esa cargada sucia y malintencionada propia del ignorante que no sabe tratar con personas de esta condición y habla desde el pedestal de una superioridad de cartón, sino que las gastadas medidas y risueñas abundan sin llegar a la estigmatización. Es la manera de manejarse de Oscar, que demuestra en los entrenamientos la solidaridad con el que más le cuesta llevar la pelota, o hasta en la curiosidad de saber hasta dónde puede meterse en el ámbito íntimo de un chico.

Escarbar en la intimidad le hizo a Oscar vivir en carne propia la negligencia del ser humano y sentir dentro suyo lo que un chico con síndrome de Down está expuesto desde que la familia le ayuda a salir al mundo: la humillación de la discriminación en carne propia. Antes de extenderse al básquet, los amigos autopartistas probaron con el teatro. Fue suficiente una inexplicable omisión y la intencional exclusión para interpretar un rol hacia Rodrigo en el taller al que asistieron. Esa fue la señal para hacerle comprender al Gula, sin ánimos de confrontar, que a esa institución no volvería a pisar en su vida: Chau, acá no volvemos más.

Coyunturas que no concibe, problemas que percibe, situaciones que revive. Rememora además un simple hecho con algún chico que no necesariamente sufrió por problemas motrices o de algún síndrome, sino por problemáticas internas, sociales, de vida, a los que combatió en el instante con las herramientas tan simples que tuvo a su alcance y que no puede creer que se les haya negado.

-Un día estaba parado en el entrenamiento y siento como Alejandro se me mete abajo del brazo, como buscando un poco de cariño, ese cariño que le faltó, y yo digo: loco, ¿qué onda…? Lo dice con los ojos abiertos con incredulidad y los brazos ampliados a los costados al punto de abarcar casi toda la amplitud de la cabina delantera de su Chevrolet.

***

-Disculpá hermano, te tengo que llenar de galletitas el asiento, no tenían bolsa.

- ¡No pasa nada! Se ríe el Turco y recibe los paquetes de surtidas además de las botellas de agua con los que Los Soñadores realizarán la habitual mesa para compartir una vez que el calor diga ‘basta’ para resguardar el físico de los sudados basquetbolistas.

Apacible y simpático. Introvertido y atento. Eduardito Namur disfruta en el asiento del acompañante de Oscar. Atraviesa una etapa completamente mejorada a sus 33 años, una superación que sorprendió a propios (ni siquiera a extraños) y la capacidad de demostrar que si lo soñás, se puede. No pensaba que iba a poder jugar al básquet. Así lo vivía su mamá Laura, que tres años atrás, separada del papá del Turco, no tenía más sustento motivacional y de agenda hacia su hijo que las asistencias obligatorias con masajes terapéuticos para atender su limitada movilidad por los problemas motrices y una visibilidad que le otorgaba otra barrera superada con el ingreso y el aprovechamiento del cupo laboral salvavidas del Grupo Autopartes.

-Era comenzar de nuevo con Eduardo. Fuimos y lo integramos al trabajo, está con nosotros hace tres años, sabe cuál es su trabajo, qué tiene que hacer y es uno más en el laburo. Una vez el Turco me decía que no iba a poder hacer tal cosa y yo tenía que sacar una caja de arriba de la estantería. Yo mido 1,60 y él mide 1,90, y lo llamo y le digo ‘Turco vení’, y él estira la mano y la baja. Yo no puedo alcanzarlo, pero vos sí podés, hay cosas que yo no voy a poder y cosas que vos no vas a poder y ahí nos complementamos amigo, así que tranquilo. Esas cosas me vienen a la cabeza, te emociona verlo trabajar de forma independiente. Ir soltándole la mano por ese lado, que vayan trabajando solos, esa es la idea también, uno no puede quedarse todo el tiempo ahí, lo sobreprotegés y le hacés un daño. Hay que aprender a soltar, ir por otro lado. Obvio que te cuesta, uno tiene un cariño tremendo, somos amigos por fuera del trabajo, pero en el trabajo soltamos, no está conmigo, yo estoy para casos puntuales.


Explota y se desanda con entusiasmo en la descripción Oscar, que lo mantiene tanto con una sonrisa de oreja a oreja como con un dejo melancólico para finalizar: hablo de mis amigos y vuelo.

***

-… y mirá, a Agustín lo trae su papá, él tiene problemas de autismo…

-Sí, autismo. Primero nacés, después el autismo, después la Comunión…

¿Cómo hace Rodrigo para sacarme una carcajada si tengo la atención puesta en el Gula, que me cuenta y me introduce sobre el origen y las dificultades de Agustín Perazzo?

-Sí, sí, Agustín “pelazo”…

-¡No, amigo! Pe-ra-zzo.

-Naaa. Ríe con fuerzas el tremendo Rodrigo.

Tratar con Agustín, un joven de 22 años que entrega todo de sí en cada entrenamiento apoyado por un estado físico ideal y una habilidad defensiva que se anima a destacar ante sus compañeros, nos llevó a comprobar una vez que recurrimos a palabras especializadas sobre el trastorno del espectro autista que todos los mitos finalmente no eran ciertos:

-No son cariñosos y no se los puede tocar: el súper abrazo semanal, el apretón de manos y el análisis del partido que acaba de jugar y que comparte con sus compañeros de cancha tiran por la borda ese enunciado impuesto con mala intención.

-Son maleducados: si bien no nacerá de él acercarse para saludar a un desconocido que irrumpirá de la nada en los entrenamientos para verlo desde afuera, te incorporará a su listado una vez que la presentación correspondiente por parte de Oscar o Juan Pablo sea efectiva.

-Como en el resto de las personas, hay gente más y menos cariñosas, hay gente con mayores habilidades sociales y menores. Sí se comunican. No viven en su mundo, viven en este mundo.

Joaquín Castro, el psicólogo amigo que trabaja en Casa Grande y a quien contactó Oscar para sumar gente, es el soporte terapéutico que tiene Agustín y, al asegurarse de la capacidad y el potencial de Los Soñadores, no dudó en enviarlo junto al nuevo grupo para adaptar sus cualidades, potenciar sentimientos y hacer de Agustín el componente letal en defensa dentro del rectángulo de juego e ideal en el compañerismo como ayuda mutua en su lucha diaria.

***

Por fin dobla Oscar por la avenida Soldati hacia la calle Francia para hacer los 75 metros hasta la mano izquierda, donde pone la baliza del Agile y queda con medio auto sobre la rampa para bajar y abrir la mitad izquierda del portón que da al galpón que engloba la pertenencia de Huracán BB.

No son grandes las luminarias, no son lujosos los materiales ni la ropa que lleva en la mochila cada pibe para cambiarse en los vestuarios del club, hasta asombra la humildad de Freddy, el “casero” que almuerza con pizza junto a su familia escondidos en un rinconcito cerca del ingreso al club cuando la recién comenzada tarde del miércoles le dio un huequito por las refacciones de una cancha que se preparaba para recibir finales juveniles por la noche. Nada les hizo perder el eje de sus orígenes a Oscar y Juan Pablo. Ni siquiera que con tan solo cinco meses hayan recibido el reconocimiento de la Legislatura de Tucumán por el trabajo inclusivo al que estaban abocados.

-Cuando sucedió esto… el Gula frena, hace una pausa y mira un segundo con un “puchero” de desconcierto… me pareció, che qué bueno, pero no creía que nos estaban mirando tanto, nos tomó por sorpresa.

-Lo tomamos con calma, no me gusta mucho el tema de los reconocimientos, responde tajante el Pollo.

¿Para qué ostentar los lujos de un edificio legislativo plagado de tecnologías y estructuras que no hacen más que contradecir los problemas y las bajas condiciones contra las que un funcionario debe luchar? Si el valor y la sonrisa cotidiana de un joven de barrio penetra en lo más hondo del alma por ser vos el que hizo esto posible. El objetivo de trascender y hacer un mundo mejor empezó con el pie derecho para Los Soñadores de la Vida, pero los eternos laureles que supieron conseguir tienen mucho camino por andar. Los quince protagonistas que iniciaron detrás de una naranja, no se dan una idea del bien que le hacen a la misión de tirar a la basura todo prejuicio posible.

¿Qué saben ellos de la vida, con qué derecho miran por arriba a este grupo encantador si nunca pasaron con los Soñadores una tarde soñada llena de risas y abrazos?



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